I was there..

En Junio de 2001  el Banco Société Générale me contrató como becaria en el departamento de supervisión de operaciones bursátiles diferidas. Fue pura casualidad. El día de la entrevista detectaron en seguida mi acento español y dejaron de lado el cuestionario estándar. Hacía pocos días que el Real Madrid había fichado al gran Zizou, y estaban mucho más interesados en elucubrar qué suerte correría en las filas celestes que en continuar estrujando candidatos.
Trabajaba en el corazón de la Défense, y más adentro, en el corazón de la sala de mercado de uno de los bancos más grandes del mundo. Para acceder al interior había que pasar dos controles de seguridad. El segundo te escaneaba de arriba abajo.
La sala era redonda, y estaba tapizada de un rojo intenso. La actividad no paraba nunca. Los ordenadores permanecían encendidos las 24 horas del día, almacenando órdenes de compra venta de todo tipo de valores que se distribuían a las diferentes bolsas del planeta dependiendo de su horario de apertura.
Los días eran largos y oscuros. Una semana ganábamos miles de millones y otras unos pocos menos. Después nos íbamos al bar de abajo y comentábamos la jugada con los de riesgos, con los de grandes cuentas,  ya sabéis, rollo Ally Mc Beal.
El 11 de Septiembre, el día comenzó como todos los demás. Mis clientes llamando porque se había quedado colgado el sistema y sus euros se habían esfumado por los intersticios del ciberespacio, los querían vender, vendiendo, y todos los demás comprando. Después  todo cambió: una avioneta, que luego era un avión, que luego eran unos cuantos, derribaron las torres, y amenazaron el pentágono. No nos enteramos por la tele, qué va, sino por las llamadas de teléfono.
Miles de accionistas movían sus carteras, algunos prácticamente arruinados, otros llorando de contentos. Casi todos trabajábamos con dos pantallas. En la de la derecha veíamos la curva de valores, en la izquierda  a  los oficinistas del World Trade Center saltando. Mis brokers no podían contener su alegría. Compraban a la baja y colocaban sus valores ruinosos a accionistas presos del pánico.
La alegría fue general, lasciva. El furor duró poco sin embargo. Las operaciones en dólares se prohibieron en cuanto algún listo se puso a trazar conexiones. Nadie quería que el dólar se desplomara, no se podía arriesgar tanto.
Patri
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